Las mascotas de una ciudad enfrascada por viejos espejos, realizan el vuelo en círculo sobre la plaza congreso. Ese olor a madrugada de huevos podridos en la esquina de un procer argentino. Los ojos empapados de reflexiones en un lapso de aburrimiento hacen de Sara un ser particular.
La voz de su madre susurrando sobre las estrellas que la empachan, Sara y sus recuerdos. Una canción que se presenta, la abraza y le guiña un ojo. Ella sabe que todo dura un momento y que la historia es otro invento.
Un eterno, "sos una estrella luminosa", le dice que continúe la marcha hacia lados que ni siquiera ella puede comprender pero que sigue como en un impulso hacia el cielo. Sara y sus mil preguntas, ese hambre de verdad, de conocimiento constante que le llena el alma. Necesita de todo aquello, necesita transmitir los mundos encerrados en su pecho.
Una pequeña Sara que intenta llamar la atención porque necesita hacerlo. Sutiles personajes surgen de una mente en progresión constante hacia ficciones bien previstas.
Una adolescente Sara que encuentra seres singulares porque necesita comprender lo incomprensible. Detrás de cada mirada se esconde un universo de ideas, de historias resignificadas después de cada batalla.
Una joven Sara que necesita amar porque lo desea. Llego al tope de su autosuficiencia. Ahora necesita la mirada de su hombre por las mañanas, el aroma de esa piel estacionada en el tiempo, las eternas manos danzadoras. Ya todo lo anterior llego al fin, y un nuevo amanecer le toca las mejillas. Un lunar en un rosto, una idea que sale escurridiza, pegada entre los labios; un mundo distinto al de ella, que la abrace como si el mundo fuera a terminar mañana.
Las preguntas que había encontrado se estaban reformulando como cálculos mal realizados. Un dos más dos, que ya no le daba tres, ahora son cuatro. Algo se completo, algo dejó de ser una pieza aislada en medio de un éter luminoso. Los tiempos se encuentran revueltos, más exactos, más livianos que ayer.
La filosofía no era más que otro regazo para su mente, cuando no tenía realidad que palpar. Uno que cada tanto la acunaba para continuar soñando entre caminantes uniformados de ideas muertas. Dejó atrás una calle de libros bien consumidos, para entrar en un laberinto de misterios indelebles. Como de costumbre, pocos comprendían su determinante cambio y por ello, se alejo de las continuas masas que la observaban como un elemento trascendental para sus vidas.
Sara tomo el mando de un barco que se alejaba de las tormentas, para ir en búsqueda de los movimientos impredecibles. El mar la rodeaba como la clara a la yema. Todo nos retrata a una Sara en viaje.
L.S.R.
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