Anclajes

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Lina Scheynius

jueves, 30 de abril de 2015

Una aparente Paula

Confesión XVIII: Es uno de esos momentos, donde sólo puedo escribir, anhelo hacerlo. Sé vienen imágenes, recuerdos profundos, sueños guardados, palabras jamás dichas. Es excitante escribir de esta manera, cuando todo quiere salir y tomar forma.



Paula, se acercó a su mejilla y lo besó. Nada había sucedido en ella, hasta pasar un tiempo entre vasos y colillas. Se había desaferrado de una parte de ella. Había dejado de ver una herida para pasar a ver las palmas de sus manos. Recordó que caminaba, que nadaba, que volada y sin apuro iba hacía delante.
Durante una tarde, cuando el sol aún se reflejaba en las tazas de café, Paula comenzó a contar todas sus penas. Sus viejos deseos, sus miradas encapsuladas, sus sueños frotados contra las sábanas. Se reflejaba en un espejo de la cafetería, y Francisco, la oía. Tal vez, nunca lo registró, pero él estaba atento a todos sus movimientos. Era una dulce canción de primavera para sus ojos.
La inquietud que se hacía presente entre ambos, algo decía, pero cuando el campo no está preparado para ser sembrado, las señales no existen. Así que el tiempo siguió haciendo estragos con esas vibraciones que no tenían un puerto.
Una respiración onda que la transportó, la elevó a la tranquilidad que ella tanto ama. Vivir rodeados de otros, no dice mucho, la soledad suele ser el verdadero espacio de encuentro. Algo de eso, Paula, predicaba con los hechos. A veces de manera contradictoria, ya que, por momentos se volvía el alma de una multitud de personas; y en otros, era parte del silencio, unión del cielo y la tierra.
En ese momento de encuentro, sufrió el recorrido de una visión, él aparecía en una imagen futura. Paula, no encontraba explicación alguna, no comprendía la existencia de esa visión. Su corazón latía en frecuencias que no tenían sentido para ella, porque no encontraba una lógica. Se agitó las ropas, y se levanto del suelo. Camino hacía la otra parte del parque, donde había niños jugando. Se sentó en un banco, sacó un cigarrillo y lo encendió. Miró por mucho tiempo a los niños jugar. Observó especialmente a un padre que contenía a su hijo de un año, en el aprendizaje de subir unas escaleras y bajar por el tobogán. Trató de eliminar el pensamiento que intentaba comprender la visión. Paula, dejó de ver a los niños, bajó su mirada para recorrer el tronco de un árbol y terminar en los ojos de un niño con rulos que se acerco a ella. Paula, le habló, el pequeño le sonreía y en un instante, ella se fue de ese espacio en sus pensamientos. Veía al niño, como se agitaba su cabello con el viento y sentía alegría, mientras pensaba en que el niño tenía un parecido angelical a Francisco. Todos sus pensamientos terminaron en ese momento. Ella vuelve al presente, y le sonríe. Le alarga los brazos como en señal de "avance", un semáforo con luz verde, le da un abrazo fuerte, cálido y prolongado. Y así la sin razón, se vuelve el personaje principal de la escena.


L.S.R.

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