Las almas que viven en un mundo terrenal, se encausan con lógica hacia un final. Pero cuando viven en el mundo ideal, llevando imprimido lo aprendido, no se ve la llegada del camino, sino se dibuja un arco de cristal.
El sol golpea las pupilas, pero es posible vislumbrar su manera sencilla y singular de andar. Él ha entregado en aquellos momentos su piel, para que escoja por donde dejar huellas de miel. Al observar los sueños que emanan de sus poros, una leve sonrisa puedo gesticular. Ay!, por cortos lapsos, veo un niño dentro de esa piel. La curiosidad por el mundo, de aquella inocencia. Sus labios rosados caminan sobre mi piel y sus dedos son un carrusel.
No sé lo que hay en su mente, ni lo quiero saber. Los caminantes sabios, me han señalado, que el tiempo es más valioso cuando se deja correr. ¿Para que lanzar los momentos a la conciencia, cargarlos de sentido y construir castillos, si lo bello está en el instinto?...
Sus ojos son extranjeros, hablan un lenguaje que debo traducir. Es poco el tiempo que me muevo en esas tierras. No hay apuro, cuando el accionar corre como el mar. No había comprendido hasta ese momento, que la mente es realmente cizañera.
La fuerza de sus brazos despiertan el alivio y sus piernas son carreteras hacia un sólo destino. Lamer un trozo de esa piel, es el regalo a lo espontaneo. Tener su sexo entre las manos, despierta al monstruo enjaulado.
No palabras, sólo silencio. No pensamientos, sólo hechos. Parece ser que así comienza el conocimiento del otro mundo. Las etiquetas, los limites, los pensamientos moralistas, se corren a un lado, para dar lugar a que las aguas fluyan sin un propósito real.
No pasado, no futuro, no preguntas, no posesiones, sencillamente cocinar la carne a fuego lento en el asador.
L.S.R.
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