Entre mis lineas te pedía que me domines, era sencillo, ese aparente control no era nada más que una actuación. Sólo pedí que me regalaras un pensamiento, tu verdad, tu arte y el momento. No pedí dulces mentiras, actuaciones, ni mucho menos tu vida.
Sentada en la cafetería habitual, observaba la calle y los vi pasar. Ellos, se detuvieron en una esquina esperando que el semáforo les diera paso. Ella tenía un juego de lineas en el rostro, él una mirada de asombro, era clara la causa, ella le sonreía. Desde mi mesa notaba lo que muchos llaman "el poder del amor", ese momento "mágico", como explicarlo no es sencillo. Imagina el encuentro de dos jóvenes enamorados, con esa vitalidad, que el tiempo en algunos borra y que al tocarse, una especie de aureola blanca se expande como un big-bang, que al penetrarte te llena de alegría; porque de tantos relatos que nos contaron de niños, el único verídico es el que el amor nos hace fuertes, nos hace felices, nos ayuda a crecer; y sentir que algo de todo aquello ilusión es cierto, nos ofrece esperanza. Pero algo que no nos contaron, fueron las larguísimas elipsis del eterno amor de la princesa y el príncipe. Ellos no sólo estaban juntos, no sólo vivieron en un castillo, tuvieron hijos y vivieron felices, comiendo perdices; ellos, padecieron las caídas del paso de los días.
La princesa un día se levanto de su enorme cama, sin razón le escupió en la cara al príncipe malhumorado. Él enfureció, cuestiono y se marcho. Paso la noche, en un bar, bebiendo con un par de sirvientes. Dos prostitutas, durmieron esa noche con él, en el granero de un campesino de la zona. Al amanecer, el príncipe se coloco sus vestimentas azuladas, y al conciliar nuevamente con la realidad pensó en ella, en su princesa. Una especie de flashback-mental, lo hizo recordar porque la amaba, porque la había elegido después de tantas batallas internas; era más que claro, más que obvio, ella veía la vida como él, ella no camina delante, ni detrás de él, sino al lado. Ella había caído en sus penas, y lo había rescatado de la realidad. Ella lo llevaba a dar vueltas por la locura, ella le ofreció su alma, sus sueños, sus fantasías, su cuerpo, sus mil caras, su animalidad, su luz y oscuridad. Ella era una princesa, sin serlo, porque no vestía con vestidos, ni zapatos, ni tenía grandes peinados; ella sólo vestía, sólo caminaba, sonreía y le hacía el amor, donde fuera que lo desearan. Estando juntos, literalmente el espacio y el tiempo, eran cosas de bobos. Él sabía, que después de tantas camas penetradas, después de tantas dulces palabras de mujer, por la única que realmente sentía un fuego intenso, que lo mataba, era por la plebeya hecha princesa.
Volvió a su hogar sobre su caballo de fuego. Abrió la puerta, miro hacia lo lados, no la veía. Por un momento creyó que ella se había marchado. Se tomo el rostro entre las manos y dio un suspiro, cuando corrió sus manos, la vio. Ella estaba allí, parada enfrente de él, y le dijo:
Plebeya/Princesa :- No podría irme de acá, no puedo aceptar no verte nunca más, trataría de fabricar nuevamente mi vida para estar a tu lado. He tratado de pensar como sería no despertar entre tus piernas, no ver nunca más los detalles de tu rostro, no escuchar tus pensamientos mientras toman vida, NO!... me es difícil marcharme y no lo quiero. Cuando logré dejar de pensar, había encontrado la clave, sabía que quería y sabía que eso eras vos. Quiero tu calor en invierno, tus besos en los largos silencios del otoño, tu piel sudada en verano, tus movimientos corporales en primavera...
Luego de escuchar sus palabras, el príncipe, había confirmado su decisión, ella era para él. Y entonces dijo:
Príncipe de vestimenta azulada:- Hay palabras que no puedo formular, hay frases hechas que me suenan vacías, estando a tu lado he visto la vida de mil maneras, he sufrido, he roto los cascarones que me resguardaban de la locura, he aceptado mi hambre de sangre, de poder, de tu cuerpo, de tu locura. Hay palabras que no puedo decirte, pero te puedo decir que quiero. Te quiero a vos, quiero compartir mis días, mis largos silencios, mis desvarios, el lado oscuro de mi alma. No prometo fidelidad, te prometo acompañarte en tus días, darte lo mejor y lo peor de mi; prometo hacerte feliz y sufrir, más que nada prometo tratar de amarte y ayudarte a crecer.
Cerraron su escena con un acto totalmente animal. Ambos lograron ser uno, por un instante.
Bueno, como leerás ese es el relato de un momento, un día, de los días no contados de la bella princesa y el príncipe azul de todo cuento maravilloso. Imagina cuantas caídas, cuantas peleas, cuantos ir y venir habrán padecido hasta comer perdices. Toda relación es una eterna construcción, nunca se conoce a alguien, pero podemos tratar de hacerlo y estar en los cambios de aquellas personas que amamos y a la vez odiamos. Y "tal vez", nosotros también comamos perdices en algún momento.
L.S.R.
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